Mi primera carrera en cuesta, la primera que vi, debió ser hace unos 65 años... ¡ha llovido mucho desde entonces! Era una subida a Vallvidrera. Me acuerdo sólo de tres cosas. Dos rutilantes Porsche 904 GTS, ¡nada menos que dos!, uno de Juan Fernández y otro de Paco Godia, ambos de color granate; el de Juan llegó a ser propiedad de Carlos Bertrán, que consiguió encontrarlo y recuperarlo. Y, a su lado, un Goggomobil, modesto como el que más, un pequeño utilitario de color verde manzana claro (o al menos eso creo) de Maribel González, creo que ese era su nombre o es el que la memoria me sugiere.
Yo iba al cole. Sagrados Corazones. A unos 500 metros de la salida de la subida, junto al pie del Funicular. Normalmente no iba nunca a esa estación, sino que bajaba andando para coger el autobús 22 camino de casa. Pero ese sábado –sí, entonces el sábado por la mañana íbamos al cole– quise subir para ver un poco los entrenamientos, sentir las emociones. Y entre los compañeros que hacían lo mismo estaban Vicenç Aguilera, los hermanos Xiol, Xavier Conesa, Jesús Batlló, Juan Carlos Mach, si mal no recuerdo Luis Saladich.
Aquella mañana en el cole fue muy larga. ¿Cómo puedes estar en clase oyendo rugir los coches? A la hora del patio… en la puerta del cole viéndolos pasar. Debo aclarar una cosa. Los coches y motos no esperaban a que todos hubieran concluido una ascensión para volver a la salida... simplemente continuaban hacia el Tibidabo, bajaban por la Rabassada, continuaban por el Paseo Bonanova y la calle Angli, entonces de dos direcciones, y seguían hasta la línea de salida para una nueva ascensión.
Lo bueno es que el día que corrían la Rabassada, muy cerca de casa, hacían lo mismo pero en sentido inverso, claro, así que ese día la vuelta del cole a casa era andando por el Paseo Bonanova, nada de bus, parando cada vez que pasaba un coche o moto para observarlo… y soñar. Claro que este “enlace ciudadano” acabó pronto, en cuanto el tráfico en Barcelona fue aumentando.
Había una tercera subida en la que era casi fijo: Sant Cugat–Tibidabo. Pero en este caso cogía el añorado tranvía azul, el funicular del Tibidabo y desde allí bajaba andando. Siempre encontrabas algún coche que te bajaba hasta la civilización. Un tranvía azul que además recordaba la mítica Copa Tibidabo, una gran carrera internacional que recibió recientemente un gran homenaje.
Desgraciadamente no podía hacer lo mismo con Flor de Maig. Me quedaba más lejos.
Y quedaba para el final la pujada nocturna al Castell de Montjuïc. Cita obligada de todos los petrolhead y prueba que recuerdo casi invernal. La curva elegida, la que estaba junto a la estación del Funicular, una frenada que daba entrada a una izquierda cerrada en la que comenzaba de golpe la verdadera ascensión a los aparcamientos del Parque de Atracciones.
Hoy, las carreras en cuesta –que tantas veces llamábamos ‘Subida en Cuesta’ o ‘Pujada en Costa’, lo que era duplicar concepto– son, al menos aquí, cosas menores, residuales… pero en el pasado fueron muy importantes, claves. Tanto que el primer campeonato europeo de pilotos fue de Carreras en Cuesta.
Y en Catalunya el calendario era amplio: Vallvidrera, Sant Cugat–Tibidabo, La Rabassada, Santa Creu d’Olorde, Flor de Maig (creo que en los dos sentidos), Montjuïc… estas a las puertas de Barcelona. Después, Sant Feliu de Codines, Montserrat, Collformich, Sant Bartomeu de Grau, El Farell, Els Àngels, Les Mayoles, La Mussara, Prades, Sant Bartomeu del Grau, Gironella–Casserres, etc. Y, por supuesto, el Montseny, “la catedral” de las subidas.
No se si se han perdido o las hemos dejado perder. Pero es un pasado que merecería ser recuperado… por lo menos recordado. Hay un libro de Sant Feliu de Codines y es indispensable el de Josep Casanovas sobre el Montseny. También la historia de Sant Bartomeu del Grau dentro del libro del 50 aniversario de la Escudería Osona.
Recuerdo haber estado en muchas de ellas. No como periodista, sino como control de banderas, cronometrador, comisario técnico de motos, cronometrador de llegadas, oficial de parque cerrado… ¡portero para cobrar a los aficionados! (sí, entonces se pagaba aunque bastantes se colaban campo a través o se negaban a hacerlo), e incluso haciendo bocadillos para el personal de la organización. Eran épocas en las que se colaborada con agrado con las organizaciones.
Los tiempos han cambiado, la poca montaña que tenemos ahora mantiene en cierto modo la llama encendida, pero aquellos tiempos en que la montaña era el sostén de nuestro automovilismo desaparecieron y no volverán.
© Raymond Blancafort Costas
4 de agosto de 2026
JAS Info Service