Por Antonio Arderiu.
Cuarenta años dan para mucho y, a lo largo de los mismos, este que os escribe, en su función de Steward FIVA, ha vivido anécdotas de todo tipo. Intentaré rememorar las que más intensamente viví y pido benevolencia al lector si me hiciera excesivamente pesado. La idea es ofrecer a los seguidores un espectro de lo que realmente se puede encontrar un Steward cuando está en el evento, que, como podrán comprobar, son funciones muy variadas. Y eso que, para no hacer de este escrito un capítulo por entregas, faltan muchas: llevar un disco de embrague de Austin Healey al páramo leonés en un día, atravesar el Danubio en barcaza para ir a un rally en Bulgaria, acompañar a una desconsolada dama inglesa todo un rally por problemas domésticos con su marido, organizar a todos los taxis de León para que hicieran un “shuttle“ entre el parque cerrado, el Parador y el Ayuntamiento, buscar neumáticos de carreras en Mérida (México) para un piloto que no tenía, repartir sillas de ruedas, bicicletas y ordenadores a nativos del Yucatán y así un largo etcétera para el que ni el tiempo ni el espacio es suficiente.
Con Su Alteza en Japón
En el año 2015 me mandaron a Japón, a la Festa Mille Miglia. Esta prueba pretende ser la versión oriental de las celebres Mille Miglia italianas pero, a diferencia de esta ultima, discurre todo con un orden y pulcritud casi militar. Para hacer mis funciones de Steward me pusieron a mi disposición un Bentley ultimo modelo que compartí con el Director Adjunto de la prueba y la Secretaria del evento, que me traducirían lo que fuera aconteciendo porque, para mi sorpresa, poca gente habla inglés allí.
Al día siguiente de llegar al hotel de Tokio me avisan, desde recepción, que unos caballeros quieren verme. Se trataba del servicio de seguridad de Su Alteza la princesa Aiko y me dijeron que, como daría las salidas junto con Su Alteza Imperial y en la cena de clausura debería sentarme a su lado, deseaban enseñarme algunas costumbres que debería respetar. Vamos, ¡¡una lección de protocolo en toda regla!! No la mire a los ojos, no le de la mano ni la toque bajo ningún concepto, salude con una reverencia de 90º con las manos en oración y la cabeza levantada mirando al frente y, si tiene que decirle algo, lo escribe en un papel y nos lo da, ya que debemos autorizarlo, ¡¡uffff!!
Cuando llegó el día de la salida llovía a mares. Su Alteza se presentó elegantemente vestida de occidental, con un ligero toque “british”, acompañada de guardaespaldas que la protegían de la lluvia. Mientras duraron los discursos protocolarios y las bendiciones permaneció impasible sin mover un músculo de su cara. Pero hubo un momento en que saludé a Constantino Franchi, que estaba detrás, y le solté una barbaridad de las mías, un “scherzo” (no recuerdo cual), momento en que Su Alteza Imperial, sin mover la cabeza, dibujo una ligera, ligerísima, sonrisa en la comisura de sus labios. Este hecho sorprendió a los asistentes porque, al parecer, es muy difícil que sus Altezas Imperiales muestren esos signos en público.
Y llegado el día del reparto de premios, en que debía dar un pequeño discurso institucional delante de Su Alteza Imperial, tuve que escribirlo previamente en una libreta de hotel, encima del capó del Bentley, y dárselo a los de seguridad para recibir al “nihil obstat”, como así fue. Todavía lo guardo como recuerdo de una prueba excepcional...
En este mismo rally participaban 125 Bugattis de muy diferente estado y condición. Todos preciosos, todos originales, salvo uno, proveniente de Norteamérica, que bonito si era, ¡¡pero llevaba un motor V8 y elementos de magnesio en la carrocería!! Cuando el inspector japonés y yo mismo lo vimos, casi nos da un soponcio ante semejante herejía. El problema, para mi, era que el pobre conductor propietario se había gastado “una pasta” para llevar el coche hasta Japón, con lo que, expulsarle, sería incrementar el daño innecesariamente. Hablamos con él y, al final, convinimos que saldría el último y que no optaría a clasificación alguna. Este ultimo aspecto pareció no importarle demasiado porque, según propia confesión, la “navigator”, que era igual que Dolly Parton (qepd), no estaba en absoluto ni enterada, ni familiarizada, con la regularidad y únicamente se preocupaba de sus modelitos y sus escotes, que provocaban algún que otro infarto entre los circunspectos y respetuosos nativos.
También en esta misma prueba, examinando previamente el recorrido, advertí que el ultimo TC tenia lugar en Tokio un sábado a las 17h, en el cruce con mayor número de personas en todo Japón y mundo (es el segundo), delante de unos conocidísimos grandes almacenes. Le comenté al Director de prueba que me parecía muy arriesgado y que, además, los coches sufrirían calentones y estorbarían en el tráfico, un poco caótico, de Tokio. Me aseguró insistentemente de que no pasaría ninguna de las cosas que yo decía y, como al parecer los papeles de tráfico y el seguro estaban en orden, no me opuse. El día de la prueba, 25 km antes de llegar a Tokio, había un carril específicamente señalizado para las Mil Millas que llevaba directamente al control de marras. ¡¡Ni un solo papel en todo el carril!! Y el numerosísimo público, que se agolpaba a ambos lados, agitando las banderitas de la prueba, la conocida Frecciarossa, ni siquiera pisaban la línea de seguridad.
En Alemania rodando en el Nordschleife
En el año 2009 fui a un rally en Alemania, en la zona de Daun. Al llegar y hablar con los organizadores me comentan que hay un participante al que el copiloto le ha fallado y me preguntan si me gustaría ir con el, sabiendo de antemano que no podríamos optar a premio ni clasificación alguna. Como pueden imaginar, me faltó tiempo para aceptar y, tras ello, después de recibir la autorización de la FIVA, agenciarme un casco y montarme en un precioso Alfa Romeo GTA. Bernd, que así se llamaba el piloto, me enseñó muchos trucos de navegación que yo desconocía, como por ejemplo seguir las líneas eléctricas, interpretar las curvas de nivel y los colores en los mapas de papel, poner el crono en marcha en la pancarta amarilla y no en la salida, etc.
En un momento dado, pasamos cerca del circuito de Nürburgring y, como no podíamos optar a nada, me dice: ¿Te apetecería dar unas vueltas? Ni que decir tiene que acepté inmediatamente y más cuando me propuso compartir el coche. Invité yo al costo de la tanda, pero valió la pena. Bernd se lo conocía de memoria y yo, como pasajero, disfrute mucho, muchísimo. Y cuando me tocó a mi, ¡que gozada! Aunque me adelantase hasta el de los helados, sentirte allí, con buen asfalto, un coche que rugía y levantaba la pata delantera en las curvas a izquierdas, sin coches en contra, fue una autentica experiencia que ya nadie me puede quitar. El Karrusel inolvidable y el descenso hacia Eiffel, ¡¡de infarto!!
De nuevo en Alemania, probando un Ford GT40
También en Alemania pero en otro rally, el Heidelberg Historic, con más de 300 participantes y coches de ensueño (Lancia Stratos, Mercedes-Benz SSKL, Porsche de todo tipo y condición), me equiparon con un modelo experimental de Audi (marca que era uno de los sponsors) que probaba un software nuevo que impedía al vehículo superar en todo momento la velocidad máxima permitida. ¡¡Les confieso que estuve a punto de quemarlo!! ¡¡No se pueden imaginar lo molesto que era!! Ni lo peligroso: al entrar en las poblaciones se ponía a 70 de golpe, con lo que te dabas contra el volante. Y, un poco mas allá, a 30, momento en que te comías literalmente el parabrisas y, si alguien te seguía, aparte de acordarse de tus antepasados tenía que pegar un frenazo considerable. La única alegría era coger una autopista donde el indicador se ponía en verde y… ¡¡flat down!!
Estando en esas tierras germánicas en 2014, me llama Tony Davies y me dice si puedo hacer, con el, el “double-checking” del coche que un lord ingles iba a comprar a un “dealer” de Colonia muy conocido. No era el único coche que ese caballero tenía, porque poseía una cuadra en su castillo de Sussex que nos haría babear a más de uno. Empezando por un American LaFrance de 1914, un Aston Martin DBS ex Roy Salvadori, un Porche 911 RS, otro Ferrari Daytona, etc. etc. Pero, a lo que íbamos, en esta ocasión adquiría un Ford GT40, color verde, de los que habían sido preparados por Alan Mann: motor de 5.400cc, es decir el “pequeño”, no el grande de 7 litros.
La inspección la haríamos en las instalaciones que la Bosch tiene cerca de Leipzig y que tiene un pequeño circuito de pruebas en su interior. Y yo no sé como se lo hizo pero nos permitieron rodar con el coche. ¡¡Experiencia inolvidable!! Todo tiembla y va duro. Empuja de una manera que no lo he experimentado jamás. La caja Hewland, situada a la derecha del conductor (volante también a la derecha), casi en el montante de la puerta, es dura y no puedes fallar porque tiene una rejilla que lo impide, el embrague lo empujas, no lo pisas. Y cuesta habituarse a ello, por lo que debo confesar, para mi bochorno, que lo calé a las primeras de cambio. Pero correr, corre mucho, muchísimo. En fin, que todavía sueño. Lo malo es que Bosch tiene prohibido estrictamente la fotografía dentro del circuito (como en IDIADA) por lo que no pude inmortalizar el momento. ¡¡Porca miseria!!
Sigo en Alemania, con un Ferrari GTO que no era
Y, para acabar mis aventuras alemanas, fui enviado a un concurso de elegancia en Ludwigsburg, porque el que debía ir tuvo un percance que le impidió la asistencia. No es lo mío lo de los Concursos de Elegancia pero, como las decisiones se toman compartidas, pues allí que fui. En el concurso cada día nos reuníamos jurado y Steward FIVA para valorar la jornada y comentar los vehículos expuestos. Y hubo un día en que se presentó a concursar un ciudadano de Europa del Este, que presentó un Ferrari 250 GTO que tenía un estado impoluto. Cuando hicimos la ronda y fuimos a verle, le pedimos la documentación del vehículo y, por curiosidad y sin ulterior intención, uno de los jurados le pidió que levantara el capot. Advertimos que la petición le sentó mal, lo que motivó las suspicacias de los miembros del jurado.
Al final se avino a ello y, ¡oh sorpresa! Ese supuesto Ferrari llevaba un carburador… Holbay, lo que es algo así como que una monja fuera vestida de lagarterana. El problema entonces fue de ver quien se atrevía a decirle al sujeto en cuestión (que tenía una espalda como un armario ropero e iba acompañado de dos armarios más) que no podía concursar y, sobre todo, retirarle la certificación FIVA que, a todas luces, era mas falsa que Judas. Nos pasamos toda la tarde y parte de la noche discutiendo este tema y, al final, mandaron a uno, que se iba al día siguiente, a que pidiera la documentación. Y cuando el concursante envió a uno de los roperos para que le fuera devuelta, le tuvimos que convencer que calladito estaba más mono, y que haría bien en iniciar el camino de regreso a casa. Y, con un suspiro de alivio por parte de los que allí estábamos, así lo hizo. No sabemos si el que le vendió el vehículo en cuestión sigue vivo.
Final Parte 1
Parte 2: Miércoles 14 de octubre de 2026
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